Capítulo 1 · ~5 min
Entre Mundos y Reglas
Cuando Carlos abrió los ojos, la oscuridad lo envolvía y un olor a humedad le llenaba la nariz. Se sentó con cuidado, sintiendo un dolor punzante en la cabeza y un frío que le recorría la piel. Tocó el suelo y notó que no era tierra común; algo estaba fuera de lugar.
—¿Dónde estoy? —murmuró, con la voz baja y temblorosa.
Un ruido lejano lo hizo girar la cabeza. Escuchó pasos. Sin pensar, se escondió detrás de unas rocas cubiertas de musgo, tratando de no hacer ruido. Un grupo de personas apareció. Vestían ropas extrañas, telas ásperas y colores apagados. Hablaban un idioma raro, con palabras que le parecían conocidas mezcladas con sonidos que no entendía.
Carlos los observó sin ser visto. Un hombre alto y delgado, con ojos fríos, daba órdenes con voz firme.
—Recuerden —decía—, nadie puede usar más poder del que le fue dado. Quien rompa esta regla, pagará caro.
Carlos sintió que algo se apretaba en su garganta. Recordó que él también tenía un poder, pero era débil, casi inútil. Eso lo hacía vulnerable, un blanco fácil.
Se decidió a acercarse con cuidado, pero una voz suave lo detuvo.
—¿Eres nuevo aquí? —preguntó una chica con ojos grandes y brillantes, pero con desconfianza.
Carlos la miró. Su rostro mostraba miedo, pero también determinación.
—Sí —respondió—. No sé cómo llegué.
—Me llamo Lía —dijo—. Aquí, el poder que tienes se mide y controla. Si intentas usar más, te arrestan o peor. La gente vive con miedo, pero algunos ya empiezan a cuestionar estas reglas.
Carlos tragó saliva. Todo era confuso, pero tenía que entender rápido. Lía parecía una aliada, aunque ocultaba secretos.
—¿Y tú? —preguntó él—. ¿Por qué cuestionas todo esto?
Lía bajó la mirada y luego la levantó con fuerza.
—Porque no quiero vivir así. Pero eso es peligroso.
Un ruido de guardias los interrumpió. Carlos sintió que lo buscaban.
—¿Qué harás ahora? —susurró Lía.
Carlos miró alrededor, pensando.
—Primero debo entender las reglas —dijo—, después decidir a quién apoyar.
Lía asintió, pero sus ojos seguían alerta.
Los pasos se acercaban más. Carlos vio a dos guardias con uniformes oscuros, armados.
—¡Alto! —gritó uno.
Carlos y Lía se quedaron quietos. Él intentó no mostrar miedo.
—¿Quiénes son ustedes? —preguntó el guardia.
Lía habló rápido.
—Solo pasábamos por aquí. No queremos problemas.
El guardia los miró con desconfianza.
—Recuerden la regla —advirtió—. No usar más poder del asignado.
Carlos sintió que su corazón se aceleraba. Si usaba su poder, lo atrapaban seguro.
—Vamos —dijo Lía, tirando de su brazo—. Tenemos que movernos rápido.
Lo llevaron a un lugar escondido, una cueva pequeña y húmeda.
—¿Qué es este lugar? —preguntó Carlos.
—Un refugio para los que dudan —respondió ella—. Aquí nadie puede escucharnos.
Carlos se sentó, cansado y confundido.
—¿Cómo sabes tanto? —quiso saber.
Lía dudó.
—He vivido aquí desde niña —confesó—. Vi cómo las reglas aplastan a la gente.
Carlos miró sus manos, temblorosas.
—Y tú, ¿qué puedes hacer? —preguntó.
—Poco —respondió ella—. Como tú, mi poder es limitado.
Carlos sintió que no estaba solo. Eso le dio un poco de fuerza.
—¿Qué pasa con los que rompen las reglas? —quiso saber.
—Los arrestan o desaparecen —contestó Lía—. Nadie sabe dónde van.
Un ruido fuerte sacudió la cueva. Se miraron, alertas.
—Algo pasó afuera —dijo Carlos—. Siento que algo cambió.
Lía frunció el ceño.
—No podemos quedarnos aquí. Debemos actuar.
Carlos sintió que su vida daba un giro. Ya no podía quedarse quieto. Tenía que decidir rápido.
—¿Y si nos descubren? —preguntó.
—Entonces peleamos —dijo ella—. No hay otra opción.
Un viento frío entró por la entrada de la cueva. Carlos se levantó.
—¿Crees que podré cambiar este lugar? —preguntó con voz baja.
Lía lo miró con seriedad.
—No sé. Pero si no lo intento, nadie lo hará.
Un sonido lejano interrumpió la conversación. Era un grito, un aviso.
Carlos sintió que algo dentro de él se movía.
—¿A quién protegeré cuando todo esto explote? —pensó, con la pregunta sin respuesta que lo acompañaría.
La cueva quedó en silencio, pero afuera el mundo seguía girando, con reglas y peligros que Carlos apenas comenzaba a entender.
—Tenemos que salir ya —dijo Lía, apretando la mano de Carlos.
Él asintió, aunque el miedo le pesaba en el pecho.
—¿Y si nos siguen? —preguntó, mirando hacia la boca de la cueva.
—Entonces corremos o luchamos —respondió ella con decisión—. No podemos quedarnos esperando.
Carlos tragó saliva. Su poder era débil, pero tenía que usarlo.
—¿Me ayudarás? —preguntó.
Lía dudó un segundo, luego asintió.
—Aquí nadie puede escucharnos, pero afuera todo es distinto.
Salieron con cuidado. Afuera, la noche estaba más oscura que antes.
Unos pasos se acercaban rápido.
—¡Rápido! —susurró Lía.
Carlos extendió la mano, intentando usar su poder para crear una sombra que los cubriera. La sombra apareció, pero tembló y casi desapareció.
—No puedo mantenerla —admitió.
—No importa —dijo Lía—. Solo cúbrete y corre.
Ellos corrieron hacia el bosque, tratando de perder a los guardias.
En su mente, Carlos no podía dejar de preguntarse: ¿quién había dado esas reglas tan crueles? ¿Y por qué su poder era tan limitado?
Mientras corrían, una voz en su cabeza le susurró algo que no entendió del todo.
—¿Lo escuchaste? —preguntó a Lía.
Ella negó con la cabeza.
—¿Será que el poder tiene secretos que ni siquiera nosotros sabemos? —pensó Carlos, con más preguntas que respuestas.
Sobre esta novela
3,5 · 2 valoraciones
Apta para todas las edades.
Por Equipo Historia Abierta
- Completada
- 5 capítulos
- Publicada el
- Actualizada el
Personajes principales
- Carlos · Protagonista
- Lía · Secundario
- Marcos · Secundario