Historia Abierta
Portada de Entre Mundos y Reglas
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Todas las edades

21

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Capítulo 4 · ~5 min

Decisiones cruciales y confrontaciones

Carlos se sentó en el rincón oscuro de la bodega, con el libro antiguo abierto frente a él. Las páginas parecían pesar más de lo que realmente pesaban. Había promesas, advertencias y un peligro latente en ellas. Afuera, el ruido de la ciudad se sentía lejano, pero él sabía que los guardias estaban cerca. La tensión le hacía cosquillas en la piel, como si miles de ojos invisibles los observaran.

Lía estaba a su lado, con los brazos cruzados y la mirada fija en Carlos. Sus ojos brillaban con miedo y determinación al mismo tiempo. —Tenemos que decidir rápido —dijo en un susurro—. No podemos quedarnos aquí esperando que nos encuentren.

—¿Apoyar a quién? —preguntó Carlos, sintiendo que el peso de la responsabilidad le caía encima—. Marcos quiere pelear, atacar de frente, pero si fallamos, será el fin para todos.

En ese momento, Marcos apareció en la entrada de la bodega. Su rostro estaba serio, casi duro. —No podemos escondernos más —dijo—. Si seguimos así, nada va a cambiar. Tenemos que actuar, aunque arriesguemos todo.

Carlos se levantó y los miró a los dos. —Pero mi poder es limitado —explicó—. No puedo enfrentar a los guardias solo. Si uso lo poco que tengo, ¿será para protegerlos o para atraer más problemas?

Lía asintió con fuerza. —Por eso tenemos que ser inteligentes —replicó—. No es solo fuerza, es estrategia. Podemos usar el poder para distraer, para escapar, no para pelear.

Marcos frunció el ceño y se quedó callado. Sabía que Carlos tenía razón en algo. No podían ganar solo con fuerza bruta.

—Entonces, ¿qué propones? —preguntó Marcos, con tono desafiante.

Carlos cerró el libro con cuidado, como si temiera romperlo. Respiró profundo y dijo: —Primero, proteger el libro. Es la clave para romper estas reglas y liberar nuestro poder. Si lo perdemos, todo estará perdido.

—¿Y cómo? —preguntó Lía, acercándose—. Los guardias están en todas partes.

—Dividiremos al grupo —dijo Carlos—. Algunos protegerán el libro aquí, en la bodega. Otros saldrán a distraer a los guardias y buscar apoyo afuera. Yo iré con ellos.

Marcos lo miró serio. —¿Estás seguro? —preguntó—. Es un riesgo enorme para ti.

Carlos asintió. —Lo sé —dijo—. Pero no puedo quedarme atrás. Debo aprender a usar mi poder y ayudar al grupo.

La decisión quedó tomada. Esa noche, mientras el viento golpeaba las paredes de la vieja bodega, Carlos se preparó para salir. El miedo lo recorría, pero también había un pequeño destello de esperanza.

Al salir, la ciudad estaba más oscura que nunca. Las calles desiertas y las luces apagadas daban la sensación de que algo podía explotar en cualquier momento. Carlos caminaba con cuidado, usando su poder para ocultarse en las sombras y evitar ser visto.

De repente, escuchó pasos apresurados. Un grupo de guardias apareció en la esquina, con miradas frías y voces duras.

—¡Deténganse! —gritaron, levantando sus armas.

Carlos sintió que el miedo le apretaba el pecho. Sin pensarlo, usó su poder para crear una pequeña nube de humo que cubrió su escape. Corrió sin mirar atrás, guiado solo por el instinto.

Al llegar a un lugar seguro, se reunió con Lía y los demás. Todos estaban nerviosos, pero vivos.

—Lo logramos —dijo Lía con una sonrisa cansada—. Pero esto recién empieza.

Carlos miró el libro, que ahora estaba en manos seguras. Sabía que el camino sería difícil, pero que esa noche había dado un paso importante.

—Tenemos que seguir —dijo—. Por nosotros y por todos los que sufren bajo estas reglas injustas.

La bodega volvió a quedar en silencio. Afuera, la ciudad seguía vigilante y amenazante. Carlos sentía que estaba en medio de una tormenta, pero por primera vez podía elegir hacia dónde ir.

—¿Y si no podemos? —preguntó Marcos en voz baja.

—Entonces habremos luchado —respondió Carlos—. Y eso ya es un comienzo.

Mientras hablaban, Carlos notó el olor a humedad y a madera vieja que llenaba la bodega. El sonido de goteo de agua en algún rincón y el crujir leve de las tablas bajo sus pies le recordaban que estaban en un lugar frágil, igual que ellos.

—Escuchen —dijo Lía—, no podemos confiar en todos. Algunos miembros del grupo parecen dudosos, y eso puede ser peligroso.

—Lo sé —respondió Carlos—. Pero necesitamos aliados. Sin ellos, no tenemos chances.

Marcos golpeó la mesa con la palma. —Entonces debemos ser cuidadosos. No podemos arriesgar el libro ni a nosotros mismos por personas que no están comprometidas.

Carlos miró el libro otra vez. Las letras parecían moverse bajo la luz tenue. Pensó en lo que decía sobre los Guardianes y su control. —Tenemos que encontrar la forma de usar esta información sin que nos descubran —dijo—. Si no, todo habrá sido en vano.

Lía suspiró. —¿Y qué hay de nuestro poder? —preguntó—. ¿Cómo mejoramos si seguimos escondiéndonos?

—Entrenaremos —dijo Carlos—. Poco a poco. Sin llamar la atención. Usaremos lo que tenemos para protegernos y ayudar, no para pelear.

—No será fácil —advirtió Marcos—. Los guardias están mejor preparados que nosotros.

—Lo sé —dijo Carlos—. Pero no podemos rendirnos. No después de todo lo que hemos perdido.

Un ruido fuera de la bodega los hizo callar. Todos se quedaron quietos, escuchando. El aire se volvió denso, y cada pequeño sonido parecía un aviso.

—¿Qué fue eso? —preguntó Lía, con la voz temblorosa.

—Probablemente solo el viento —dijo Carlos, tratando de sonar seguro—. Pero debemos estar listos para lo que venga.

La noche avanzaba y las decisiones pesaban más que nunca. Carlos sabía que cada paso que daban podía acercarlos a la libertad o al desastre. Sin embargo, también sabía que no podía dejar que el miedo los detuviera.

—Vamos a intentarlo —dijo finalmente—. Por nosotros, por los que no pueden luchar.

Los demás asintieron. Afuera, la ciudad seguía oscura y vigilante, pero adentro, en esa bodega vieja, un pequeño grupo estaba listo para cambiar su destino.

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