Historia Abierta
Portada de Vivir o Morir por Justicia
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Capítulo 8 · ~5 min

Dos verdades

Daniela se sentó en el sofá del despacho, con el teléfono de Tomás apretado entre las manos. La pantalla mostraba su nombre, grande y brillante. Podía sentir que Gael estaba al otro lado de la puerta, esperando el momento justo para entrar. El silencio era pesado, pero no duró mucho.

—¿Por qué estás tan callada? —preguntó Gael al entrar, dejando caer la puerta con un golpe seco. Se sentó frente a ella, con la mirada fija en el teléfono que sostenía.

—Nada —respondió Daniela, intentando que su voz sonara casual—. Solo estoy cansada.

Gael frunció el ceño y cruzó los brazos, sin creerle.

—¿Cansada? Dijiste que Tomás estaba muerto. Entonces, ¿por qué tienes su número? ¿Por qué me ocultaste que habías hablado con él?

Daniela tragó saliva y desvió la mirada.

—No quería que te preocuparas. No podía confiar en nadie más.

—¿Me mentiste? —Gael apretó la mandíbula—. ¿También tú?

Ella sintió cómo el aire se hacía más denso entre ellos.

—No es mentira. Solo... intento protegerlo.

—¿Protegerlo? ¿Y quién me protege a mí? —Gael alzó la voz, con un filo cortante—. ¿O ahora todos están en mi contra?

Daniela juntó las manos, tratando de calmar la tensión que la invadía.

—No estás solo en esto, Gael. Pero no sé en quién confiar.

Gael se levantó y caminó hacia la ventana, mirando la calle vacía como buscando respuestas en la oscuridad.

—¿Y qué quieres hacer? ¿Seguir ocultando cosas? ¿O ser honestos, aunque duela?

Ella lo miró, fija.

—Honestidad, sí. Pero no ahora. No hasta saber lo que realmente pasa.

Gael se giró para enfrentarla, sus ojos brillaban con intensidad.

—¿Y qué crees que sé? ¿Que no tengo idea de quién traicionó a mi familia? ¿O que no quiero encontrar al culpable?

—Lo sé, Gael. No es solo tu guerra. Es de todos.

Un silencio incómodo se instaló. Daniela guardó el teléfono en el bolsillo.

—Voy a hablar con Tomás otra vez —dijo firme—. Necesito entender qué pasa. Y necesito que confíes en mí, aunque sea un poco.

Gael asintió, pero con cautela.

—Está bien. Pero si vuelves a mentirme, no habrá perdón.

Ella aceptó el pacto frágil.

De repente, el teléfono vibró en su bolsillo. Daniela lo sacó rápido.

—Es Tomás —murmuró.

Gael la observó con ojos entrecerrados.

—¿Vas a contestar?

—Sí, es importante.

Contestó y la voz de Tomás llegó urgente y cansada.

—Dani, ten cuidado. No confíes en Gael. No todo es lo que parece aquí.

Daniela sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

—Lo sé, Tomás. Pero necesito que me digas todo. ¿Dónde estás?

—No puedo hablar por teléfono. Estoy atrapado, pero hay alguien en quien podemos confiar. Te contaré cuando pueda.

La llamada terminó abruptamente. Daniela miró a Gael, que no quitaba la mirada de ella.

—Esto se complica —dijo él con voz grave—. ¿A quién podemos creer?

Ella no respondió. Entre dos verdades opuestas, debía hallar un camino para salir viva.

Gael se acercó y apoyó una mano en el respaldo del sofá.

—No podemos permitir que esto nos destruya. Tenemos que buscar la verdad juntos.

Daniela asintió, aunque sabía que confiar sería lo más difícil.

—¿Y si uno de los dos está equivocado? —preguntó bajito.

Gael la miró directo a los ojos.

—Entonces tendremos que decidir qué pesa más: la verdad o sobrevivir.

El aire volvió a quedarse quieto.

—¿Sabes? —dijo Daniela, rompiendo el silencio—. Cuando hablé con Tomás, me contó cosas que no esperaba. Cosas que hacen que todo lo que creía sea mentira.

Gael frunció el ceño.

—¿Qué cosas?

Ella dudó, buscando las palabras.

—Que él no murió esa noche. Que tal vez no fue quien mató a nuestro hermano.

Gael se reclinó, molesto.

—¿Y quieres que crea en una historia que viene de quien acusa a mi familia? ¿A Bruno?

—No sé en quién creer —contestó Daniela—, pero sé que no podemos seguir peleando entre nosotros. Si no unimos fuerzas, nos destruirán.

Gael se levantó y fue a la mesa. Tomó un vaso de agua y bebió despacio.

—¿Y qué propones?

Daniela se levantó también.

—Que trabajemos juntos, aunque duela. Que busquemos pruebas, no mentiras.

Gael la miró, y por un instante, pareció considerar la idea.

—Está bien. Pero si descubro que me ocultas algo, será el final.

—Lo sé —dijo Daniela—. Pero necesito tiempo. Tiempo para proteger a Tomás.

Gael se acercó, la tensión entre ellos palpable.

—¿Y qué pasará si al final descubro que Tomás no es quien dice ser?

Ella bajó la mirada, con la voz apenas un susurro.

—Entonces tendré que decidir a quién proteger.

Gael se quedó en silencio, observándola.

—¿Por qué guardaste el teléfono? —preguntó con voz fría.

Daniela sintió que el nudo en su garganta se apretaba.

—Porque es lo único que me queda de él.

Un ruido en la puerta los sacó de su charla. Gael se volvió hacia la entrada, alerta.

—No podemos bajar la guardia —dijo—. Todo está en juego.

Daniela asintió, mientras guardaba el teléfono en la bolsa.

—Entonces, ¿qué hacemos ahora?

Gael respiró profundo.

—Empezar a buscar la verdad. Juntos, aunque duela.

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